La escena cultural de un pueblo podría asemejarse a la vida del agua. A veces se percibe que no pasa nada y el pueblo es una laguna sin motores de lancha ni gallaretas hambrientas, sólo la quietud aprovechada por el pescador en busca de lisas. Y a veces las aguas se agitan, generan interrogantes, se tuerce el avispero. ¿Quiénes son esos muchachos disfrazados tocando folclore? ¿De dónde han salido? ¿Por qué son tan exitosas las peñas en este pueblo, haciendo surgir bandas misteriosas y tan bien logradas como La Sobremesa Cósmica?
Decidí escribir este comentario -luego de un largo tiempo sin dedicarme al periodismo literario- ya que el domingo pasado tuve la dicha de concurrir a un bello evento realizado en la Rural; se llamó “La Ñaupa”. Lamentablemente, promediando la tarde un chaparrón invitó a la huida generalizada y la desconexión de los equipos de sonido, tan frágiles al contacto con el agua. Pensaba retirarme a mis aposentos a tomar mate y degustar un chipá guazú cuando escuché a lo lejos: “Se sigue en Katmandú”. ¿Qué? ¿Acaso un viaje teletransportado hacia la capital nepalí? Una jovial curiosidad se ganó en mi avejentado cuerpo y me guiaron hacia allí, no una ciudad asiática sino un espacio cultural ubicado dentro del viejo Club Defensa.
Grata fue mi sorpresa al ver ballets de danza folclórica que vencieron al mal tiempo y mostraron sus habilidades -entre ellos uno oriundo de Pila-, artistas locales y una proveniente de Santiago del Estero, que se lució en las chacareras. Y hacia el final, cuando parecía terminado, una humareda mística y un sonido de bombo como venido de las mismísimas entrañas de las tropas güemistas, estremecieron el lugar. Aparecieron muchachos disfrazados de soldados del siglo XIX, pañuelos colorados y chiripá, instrumentos en sus manos. Recitados al aire y un clarinete endiablado. Los bombos latiendo como un corazón sudamericano queriendo revitalizar su sangre. Y cantores, cantoras, zambas y chacareras entonadas con una emoción sachera; es decir, como cantada en el campo, en los arrabales, allí donde la aristocracia no pisa con sus refinados calzados europeos. Quedé atónito. Tanto que, al oír un gato, decidí unirme al grupo, un círculo vicioso y divertido. Me pregunté: ¿es esto un pecado, Dios? ¿Resabios de una fiesta pagana, sin cruz ni fe? No lo sé realmente pero, creyéndome ungido en el Creador, decidí creer también en esa gente tan alegre y gustosa de la tradición argentina.
Cuando terminaron, siguieron otros buenos músicos dolorenses como Atahualpa, el “pibe de oro” del violín, y luego me retiré a descansar. Pero recostado en mi catre de tientos, aun seguía escuchando el latir del bombo, las voces entremezcladas, la guitarra eléctrica moderna y descontrolada. Y pensé: Por fin Dolores comienza a sentirse como un mar agitado.
Cristóbal Gamarra – gamarra.cristobal.jesusvendra@gmail.com
