Al promediar la tarde del 25 de noviembre de 1985 un intenso y sofocante calor predominaba en Dolores, densas nubes negras cubrían el cielo, de pronto, anticipándose a la precipitación pluvial, un fuerte viento que rápidamente se convirtió en un vendaval cruzó la ciudad arrasando todo a su paso, sumiéndola en un caos de destrucción y daño.
Eran poco menos de las cuatro de la tarde de aquel 25 de noviembre cuando la ciudad vio desatarse en apenas segundos uno de sus mayores dramas en toda su historia. Un feroz tornado “cortó” en diagonal la ciudad de oeste a este, dejando a su paso destrucción, desolación, estupor, angustia, ocasionando la muerte de un vecino, dejando heridos -uno de consideración- y una cantidad nunca determinada de personas con golpes o lesiones leves.

Todo pasó en contados segundos, pero la fuerza del meteoro fue de tal magnitud que la ciudad parecía haber sufrido los efectos de un bombardeo. Viviendas arrasadas, muros derrumbados, techos que volaron y sembraron el cielo de “cartones que volaban”, como muchos vecinos creyeron ver mientras se desarrollaba el fenómeno meteorológico. Arboles, postes caídos, columnas de hormigón de las torres de alta tensión dobladas o cortadas, eran el paisaje de la desolación.

Las zonas más castigadas habían sido la calle Olavarría, Plaza Moreno, el Asilo de Ancianos y el barrio “de los frigoríficos”.
Alpidio Vizcaíno, un laborioso y apreciado empresario paraguayo radicado en Dolores fue la única víctima fatal, su cliente, Arturo Gilabert, resultaba herido (ambos estaban en el interior de la Maderera DIEPA en calle Olavarría, local que resultaba totalmente destruido). Los vecinos hablaban que había sido un milagro que no se hubiesen producido muchas más víctimas (fueron 18 en total, incluso una bebita de tan solo cuatro meses). Pero el drama tenía colaterales que se extendían a decenas de vecinos que quedaban poco menos que al borde del desamparo, con sus viviendas parcial o totalmente destruidas. Aquella noche pocos durmieron en la ciudad iluminada por faroles o velas, ya que gran cantidad de los postes que transportaban la energía eléctrica había sucumbido al paso del tornado, obligando al corte total de energía.

Esa noche en el Palacio Municipal se agolpaban los camiones de localidades vecinas con su carga de los elementos necesarios para cuartear la esperanza de una población, que estaba destruida pero no vencida. Y esos camiones con su carga encontraron hombres solidarios que pusieron el hombro para bajarla. Quienes habían salido indemnes del trance mostraron su faceta solidaria, donde cada uno a su manera decía presente a la hora de ayudar, de poner el hombro.

Con premura se reestableció un medio de comunicación vital en esas circunstancias: la radio. Alguien acercó un generador a Radio Dolores y desde allí se cruzaban comunicados o se difundían recomendaciones a la población sobre cómo actuar en la emergencia. Enterados de la desgracia que había azotado a Dolores, desde muchas comunidades vecinas y no tanto se despachaba una generosa carga solidaria que incluía desde chapas a colchones, frazadas, agua o alimentos no perecederos. Hubo también muchos otros gestos solidarios de dolorenses tendiendo sus manos al vecino afectado; de operarios trabajando a destajo para que en un par de días quedaran restablecidos servicios esenciales como la energía eléctrica o los teléfonos.



Las autoridades municipales organizaban la ayuda como y con los medios que podían, se ponía en marcha la reconstrucción de una ciudad con un treinta por ciento de la infraestructura edilicia caída o dañada. Con todo la ciudad emergió de aquel flagelo, al que se le había sumado una previa gran inundación.
En fin, Dolores se reconstruyó con el esfuerzo mancomunado de sus vecinos y autoridades municipales, pero con muy poco que agradecer a otros gobernantes de turno.
A cuarenta años de la tragedia la recordamos como tal, pero esencialmente para resaltar el tesón y esfuerzo con que los dolorenses supieron superar lo ocurrido.
