Hasta ahora, el análisis de la Argentina se organizó alrededor de una paradoja conocida: una macroeconomía que comienza a ordenarse frente a una economía cotidiana todavía deteriorada; un Gobierno que conserva competitividad pese al ajuste; una sociedad que sostiene una paciencia defensiva y una oposición que no consigue transformarse en alternativa.
Ese eje sigue vigente, pero empieza a resultar insuficiente. La pregunta ya no es solamente cuánto puede durar la paciencia social, sino qué tipo de país está emergiendo detrás de la estabilización.
Para el sector productivo, el problema ya no consiste únicamente en saber si Javier Milei podrá sostenerse o llegar competitivo a 2027. Las preguntas ahora son otras: ¿Puede institucionalizar su transformación? ¿quiénes se benefician y quiénes quedan afuera? ¿qué coalición productiva y territorial puede sostenerla? ¿cómo se administra un país con sectores globalmente competitivos y un tejido doméstico debilitado? ¿qué lugar tendrá la industria nacional dentro del nuevo modelo?
Hasta ahora analizamos la estabilización como una política económica. Sin embargo, puede ser algo más ambicioso: el intento de reemplazar el régimen político-económico construido durante las últimas décadas.
Milei no busca únicamente bajar la inflación o alcanzar el equilibrio fiscal. Procura modificar la relación entre el Estado y el sector privado, el papel de los sindicatos, la distribución de recursos entre la Nación y las provincias, la regulación de los mercados, la protección de la industria y la propia legitimidad de la intervención estatal.
Si estamos ante la construcción de un nuevo régimen, también debe cambiar la forma de evaluar al Gobierno. Su éxito no dependerá solamente de la inflación, el salario, el consumo o la aprobación presidencial. Dependerá de que consiga que una parte sustantiva de sus reformas sobreviva a su gestión.
Una transformación se institucionaliza cuando deja de depender exclusivamente de la voluntad de quien la inició y cuando incluso sus adversarios aceptan algunas de sus reglas fundamentales. Todavía no sabemos si la Argentina está presenciando ese proceso o una transformación intensa sostenida por un liderazgo excepcionalmente concentrado.
Crecimiento sin integración
También venimos hablando de “las dos Argentinas”: una vinculada con la energía, la minería, el agro, la economía del conocimiento y ciertos segmentos industriales; otra asociada con el comercio, las pymes, el consumo, los servicios locales y las actividades intensivas en trabajo.
Pero la fractura puede ser más profunda que la diferencia entre sectores que crecen y sectores que se estancan.
Puede estar apareciendo una economía altamente productiva, integrada al mundo y capaz de atraer inversiones, que no necesita del mismo mercado interno ni genera la misma cantidad de empleo que el modelo anterior. Frente a ella persiste un entramado doméstico que depende del consumo, emplea más mano de obra y enfrenta dificultades para competir, invertir y aumentar su productividad.
La pregunta, entonces, ya no es solamente cuándo la macroeconomía llegará a los hogares. Es si la Argentina puede crecer sin integrar económica y socialmente a una parte importante de los argentinos.
Esto obliga a discutir el modelo productivo. ¿Cómo se conecta Vaca Muerta con el desarrollo industrial? ¿Cuánto empleo generan los sectores de alta productividad? ¿Qué proveedores nacionales y qué infraestructura demanda esa transformación? ¿Qué regiones quedan al margen? ¿La apertura mejora la competitividad o destruye capacidades productivas difíciles de reconstruir?
La cuestión central no es solo cuánto crecerá la Argentina, sino qué densidad productiva tendrá ese crecimiento.
La discusión social suele reducirse a salarios, consumo y pobreza. Son indicadores indispensables, pero existe otra fractura menos visible: la distribución desigual de las oportunidades futuras.
Los sectores dinámicos demandan capital, tecnología, infraestructura y formación especializada. Al mismo tiempo, necesitan menos trabajadores por unidad producida. Una parte importante de la población, en cambio, depende de actividades de baja productividad, del consumo local, de la informalidad y de empleos susceptibles de ser reemplazados o automatizados.
Por eso, puede mejorar la economía y, aun así, una proporción significativa de la sociedad no encontrar un lugar dentro del nuevo modelo.
El problema será especialmente relevante entre los jóvenes. Son uno de los segmentos que expresaron con mayor intensidad el rechazo al sistema anterior y el apoyo al cambio, pero también se encuentran entre los más afectados por la informalidad, la precariedad laboral, la dificultad para acceder a la vivienda y la incertidumbre profesional.
La pregunta hacia 2027 no será solamente si los jóvenes continuarán apoyando a Milei. Será si seguirán encarnando la movilización por el cambio cuando perciban que el nuevo orden tampoco les garantiza una vía concreta de incorporación y progreso.
Una nueva geografía del poder
La transformación productiva también modifica el mapa político. Durante mucho tiempo, los gobernadores fueron observados principalmente como proveedores de votos legislativos o interlocutores en la distribución de recursos nacionales. Pero la geografía económica del país está cambiando.
Vaca Muerta desplaza poder hacia Neuquén. El litio fortalece al noroeste. El cobre puede transformar a las provincias cordilleranas. La energía y los puertos revalorizan nuevos corredores logísticos. El agro mantiene la centralidad de la región pampeana.
Los gobernadores ya no son solamente operadores políticos: también son administradores de activos estratégicos. La coparticipación comienza a convivir con otra fuente de poder provincial: el control de los recursos, el territorio, la infraestructura, la licencia social y las condiciones necesarias para invertir.
Esto puede dar lugar a un nuevo federalismo productivo, pero también abrir conflictos entre la Nación y las provincias, entre provincias productoras y consumidoras, y entre los intereses nacionales, las demandas territoriales y las estrategias de las grandes inversiones.
El Congreso será el escenario en el que se manifiesten esas tensiones. El Gobierno ya demostró capacidad para gobernar mediante decisiones ejecutivas y para negociar mayorías circunstanciales. Lo que todavía debe demostrar es si puede transformar esos acuerdos transitorios en reglas duraderas.
La verdadera prueba no consiste solamente en cuántas leyes puede aprobar Milei, sino en cuántas de ellas serán aceptadas, al menos en sus aspectos centrales, por quienes podrían sucederlo.
A medida que avance el calendario electoral, esa tarea se volverá más difícil. Los aliados buscarán diferenciarse, los gobernadores aumentarán el precio de su acompañamiento y los posibles candidatos utilizarán el Congreso para construir identidad. Será, simultáneamente, un espacio de reformas, un mercado de acuerdos y una plataforma de candidaturas.
Milei demostró, además, que la viabilidad presidencial puede construirse muy cerca de una elección. Esa experiencia modificó los incentivos de toda la dirigencia: ningún gobernador, dirigente nacional u outsider con alguna visibilidad querrá abandonar anticipadamente una competencia que puede reordenarse en pocos meses.
Es probable que asistamos primero a una proliferación de candidaturas y luego a una concentración tardía. Esto encierra una paradoja para Milei: la fragmentación opositora puede facilitarle el primer lugar, pero también impedirle alcanzar el porcentaje y la diferencia necesarios para ganar en primera vuelta. En un eventual balotaje, las distintas expresiones del malestar tendrían la oportunidad de concentrarse alrededor de un solo adversario.
Abrirse en un mundo que se cierra
La transformación argentina ocurre, además, en un escenario internacional en el que la apertura económica ya no es neutral. Estados Unidos, China y Europa protegen sectores estratégicos, subsidian tecnologías y subordinan parte de sus decisiones económicas a objetivos de seguridad nacional.
La economía global ya no se organiza únicamente alrededor de la eficiencia. También lo hace alrededor de la seguridad energética, alimentaria, tecnológica, industrial y logística.
La pregunta para la Argentina es si puede insertarse inteligentemente en un mundo más proteccionista sin regresar a un proteccionismo improductivo. El país dispone de energía, alimentos, minerales críticos y capacidades industriales. Pero tener los recursos que el mundo demanda no garantiza construir desarrollo.
El desafío consiste en capturar localmente una parte relevante de las cadenas de valor, generar proveedores, incorporar tecnología, construir infraestructura y evitar que la nueva inserción internacional reproduzca una economía de enclaves competitivos rodeados por un tejido social debilitado.
La discusión ya no es únicamente si Milei llegará competitivo a 2027. Es si el país que está construyendo puede funcionar, integrar y sobrevivir políticamente más allá de él.
La Argentina puede estabilizarse sin institucionalizar sus reformas, crecer sin integrar, atraer inversiones sin generar suficiente empleo y desarrollar enclaves productivos sin construir un proyecto colectivo. Ese es el dilema que empieza a aparecer detrás de la estabilización: existe un modelo en formación, pero todavía no está claro cuál será el país capaz de sostenerlo.
