La avenida Alvear es tradicionalmente considerada el epicentro residencial más selecto y elegante de Buenos Aires. Aunque haya perdido la mayoría de sus joyas arquitectónicas, aún mantiene un encanto que transporta a tiempos pasados.
Vemos pasar el mail coach del barón Gastón Peers y Ernestina Costa Oliveira César rumbo a los bosques de Palermo y una seguidilla de balcones embanderados durante tantísimas procesiones religiosas, marchas políticas y desfiles patrios.

Presenciamos cómo, en el jardín de Benigno Ocampo, se enciende la primera lámpara regeneradora de Siemens (Av. Alvear 1708, año 1882) y admiramos las luminarias que agasajan al presidente brasileño Getúlio Vargas cuando se aloja en lo de Pereda (año 1935).
Observamos a la Infanta Isabel de Borbón saludando desde el balcón de los de Bary durante las fiestas del Centenario (Av. Alvear 1641/71), al cardenal Pacelli ingresando a lo de Adelia Harilaos de Olmos durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de 1934 (Av. Alvear 1605) y al estadounidense Elihu Root, futuro Premio Nobel de la Paz, retirándose de la casa cedida por el matrimonio Llobet-Casares (Av. Alvear 1780, año 1906). También aguardamos frente a lo de Ortiz Basualdo para ver al príncipe Eduardo de Gales (Av. Alvear y Cerrito, año 1925) y volvemos a hacerlo frente a la antigua residencia de los Drysdale, devenida en Embajada Británica, cuando regresa junto a su hermano Jorge (Av. Alvear 1845, año 1931).

Asistimos a la primera muestra de arte en lo de Alexander Hume (Av. Alvear 1693, año 1893), a una fiesta oriental en los jardines de María Unzué (Av. Alvear 1385, año 1912) y al almuerzo organizado por Rodolfo Pirovano en homenaje al príncipe João Maria de Orleans y Braganza (Av. Alvear 1678, año 1953).
Participamos de la grandiosa inauguración del Alvear Palace Hotel en 1932 y quedamos perplejos por su clientela tan cosmopolita y dispar a lo largo de los años: Walt Disney, la reina Sofía de España, Francis Ford Coppola, Vladímir Putin, Sean Connery, entre otros.
Y descubrimos a María del Solar Dorrego comunicándose, de balcón a balcón, con un par de amigas (Av. Alvear 1711, año 1929).
Con sus fachadas que alternan franjas de ladrillo visto con revoque símil piedra París y pronunciadas mansardas de pizarra, los palacios Maguire y Hume son los últimos sobrevivientes de una estirpe perdida.

Un modesto comienzo
La apertura de la Av. Alvear fue dándose por tramos y a medida que los dueños de las quintas cedían las franjas de terreno necesarias. Así, en el Plano de Cristóbal Barrientos de 1772, es aún una calleja sin nombre que nace a la altura de Libertad y recorre escasos metros dentro de la quinta “Los Olivos” de Martín de Altolaguirre. Una finca donde se criaban gallinas, se recogían duraznos y se cebaban interminables mates bajo las higueras. Aunque el piloto agrimensor aconsejó “cerrarla por inútil e infructuosa”, el viejo vasco la mantuvo abierta vaya a saber por qué.
En el documento cartográfico de Adolfo Sourdeaux de 1853, “Los Olivos” pertenece a Thomas Whitfield y la calle continúa sin novedad alguna. Pero en el de Pedro P. Uzal de 1879 ya tiene nombre: Progreso. Se extiende desde Carlos Pellegrini hasta Rodríguez Peña y “Los Olivos” prácticamente había desaparecido, subdividido en lotes y chacras.
En el de J. B. A. Bianchi de 1882 se llama Bella Vista, discurre desde Cerrito hasta la Bajada de la Recoleta y luego se une al Camino de Palermo hasta el Arroyo Maldonado. Parte de estas prolongaciones se realizaron gracias a concesiones efectuadas por Domitila González de Cazón y las hermanas Ema y Justa Armstrong.
Durante la gestión del pujante intendente Torcuato M. de Alvear, se llevó a cabo una remodelación urbana nunca vista hasta entonces que significó un antes y un después en este barrio. Si bien varios vecinos propusieron que la calle Bella Vista llevara su nombre, él prefirió que se rindiera homenaje a su padre, figura clave durante la Independencia, y además la transformó en una avenida. Así, la Ordenanza del 31/01/1883 la designó formalmente Carlos María de Alvear: “¡Qué sorpresa al entrar en la avenida Alvear, sólo tiene cinco años de existencia y es una ancha calle, toda de palacios de recreo de lo más suntuoso que hay en América, concluye en la Recoleta, plaza de paseo en cuyo fondo está la antigua iglesia de los recoletos, que le da nombre!”, expresó Carlos d’Amico en Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890).
Pero todavía faltaba para su despegue. En el Plano Indicativo de la Ciudad de Buenos Aires (1913), aún figura “enmaderada”.
Surgimiento del nuevo barrio
¿Qué factores influyeron en la formación de este núcleo urbano con Alvear como principal arteria residencial? A grandes rasgos: la llegada del Ferrocarril del Norte y de tres líneas de tranvías de tracción a sangre, las epidemias de cólera y de fiebre amarilla que provocaron un éxodo del Sur al Norte, la mencionada gestión del intendente Alvear, el creciente desarrollo de la actividad inmobiliaria y un cambio en las costumbres de la élite que empezó a mirar a Europa.
Atrás fueron quedando las casonas hispano-coloniales de patios, en calles estrechas y sin arboleda, las típicas rondas de mates y aquella tradicional sobriedad criolla. Y surgieron residencias cada vez más opulentas, en espacios verdes y soleados, el five o’clock tea y la atractiva sofisticación europea.
La moda era el eclecticismo. Por eso, aunque suele compararse a Alvear con las vías parisinas, es más acertado equipararla con la 5° Avenida neoyorquina del 1900.

“La gran calle de lujo de la Metrópoli, donde todos son palacios y mansiones suntuosas”, publicitaba la inmobiliaria Barro, Bravos y Cía. mientras vendía lotes donde antes hubo quintas. Los terrenos de las veredas impares eran muy valorados por la privilegiada vista al río desde la barranca y sus extensos jardines hasta Posadas. El hôtel particulier Luis XV de Av. Alvear 1605, encargado por Juan Fernández y Rosa Anchorena al arquitecto Edouard Le Monnier en 1907, es el único sobreviviente que aún conserva la totalidad de su primitivo parque. Sus propietarios no pudieron habitarlo pues, a raíz de un accidente, se quedaron en París. En 1922 lo alquilaron al presidente Marcelo T. de Alvear y luego a Adelia M. Harilaos de Olmos quien, tras años de tires y aflojes, finalmente logró adquirirlo. Esta Marquesa y Condesa Pontificia legó la residencia a la Santa Sede; no así los jardines, que fueron posteriormente comprados. Desde 1952 funciona como Nunciatura.
Buenos vecinos
¿Quién eligió vivir aquí? Gran parte de la clase alta que estaba en ese entonces conformada por tres grupos de distinta raigambre. Por un lado, el patriciado porteño tradicional, generalmente terrateniente y vinculado al pasado colonial y a las guerras de Independencia. A modo de ejemplo, la Plazoleta Carlos Pellegrini nucleó a la crème de la crème: las hermanas Unzué, Jorge Atucha y María Teresa Llavallol, Daniel Ortiz Basualdo y Mercedes Zapiola, Carlos Ocampo, Celedonio Pereda y María Girado. Otros residentes de antigua estirpe fueron don Joaquín Chas Salas (Av. Alvear 1596), Marcelino Ugarte Lavalle (Av. Alvear 1605 y Av. Alvear 1693), Bonifacio Lastra y Enriqueta Quirno Costa (vereda par entre R. Peña y Callao) y Federico González Alemán (al 1891).
Cuando se inauguró el monumento a Carlos Pellegrini, en 1914, la plazoleta reunía elegantes residencias. Hoy quedan los palacios Ortiz Basualdo y Pereda, embajadas de Francia y Brasil.

Por otro lado, también la integraban prósperos inmigrantes, frecuentemente vinculados al comercio o a convenios con Europa; varios, además, casados con porteñas de alcurnia que facilitaron su inclusión. Por mencionar unos pocos: el Arq. e Ing. italiano Carlo Morra (Marqués de Monterocchetta) e Inés Victorica Urquiza vivieron al lado de los Pereda; el ministro alemán Hialmar von dem Bussche y Leonor Martínez de Hoz (1502)*; el empresario belga Casimiro de Bruyn y Mercedes Mantels, quien descendía por línea materna del mismísimo Juan de Garay (1817); el alemán Gustavo Frederking (1883); el francés Adrián Penard y Florinda Fernández Torres (1850), y el también galo Carlos Dose y María Esther Obligado (Av. Alvear y Ayacucho).
Y, por último, pero no por ello menos importantes, estaban aquellos provincianos provenientes de familias de larga trayectoria que solían destacarse en el ámbito político, como el cordobés Benigno Ocampo (Av. Alvear esquina R. Peña) y Aristóbulo del Valle, oriundo de Dolores y cofundador de la Unión Cívica Radical (Av. Alvear 1749): “La ubicación es considerada la más de moda en Buenos Aires y la casa del Dr. del Valle se asemeja a las del West End londinense, siempre con preciosas flores en las ventanas”, publicó The Standard el 31/01/1896.

No todo lo que reluce es oro
Aunque el intendente Emilio Bunge prohibió que un tranvía circulara por Alvear para preservar su exclusividad y evitar que proliferaran construcciones baratas, durante años convivieron mansiones con modestos comercios y descuidados lotes. Así, el solar del actual Ortiz Basualdo estuvo antes ocupado por la Cochería Guerra & Stewart y en la manzanita triangular de la futura Plazoleta Carlos Pellegrini funcionaron una carpintería, el almacén al menudeo de Ángel Camicha y un bar, entre otros. La casa de Félix Egusquiza, en Av. Alvear y Libertad (obra del Arq. Le Monnier y Primer Premio Municipal de Fachadas en 1906), lindaba con el taller mecánico de A. Balducci y, enfrente, doña Valeria Cueto de Cárdenas tenía de vecino el almacén del vasco Larisgoitía. En la esquina de Alvear y Parera existió una fábrica de hielo y, en el cruce con Montevideo, estaba La Eléctrica de Guglielmo Bartoli.
La casa de Félix Egusquiza, en Av. Alvear y Libertad era obra del arquitecto Edouard Le Monnier y recibió el primer Premio Municipal de Fachadas en 1906. También fue demolida.

No olvidemos que el palacete del banquero Carlos Dose en Alvear y Ayacucho limitaba por los fondos con el Recreo Belvedere y su concurrido velódromo. Por las noches, las carreras de bicicletas eran reemplazadas por alborotadas peleas donde más de un compadrito sacaba a relucir su daga o facón. Enfrente estaba el Jardín Dordoni. “Ramos y coronas. Gran surtido en árboles frutales y forestales”, rezaba su letrero, ¡con errores ortográficos!
La casa como símbolo de status
La haute société contrató a arquitectos, generalmente europeos, para que reflejaran su posición socioeconómica: “competían por quién tenía la mansión más rica y a la moda”, señala Ernesto Schoo en Argentina, los Años Dorados. El repertorio arquitectónico, resultado del arbitrio de comitentes y arquitectos, fue riquísimo y variado: “La moda era el eclecticismo historicista: la recreación, puramente ornamental, de los estilos históricos considerados prestigiosos”, prosigue Schoo. Por eso, aunque suele compararse a Alvear con vías parisinas, más acertado es equipararla con la Quinta Avenida neoyorquina del 1900.
Ilustraremos este eclecticismo haciendo hincapié en un par de residencias no tan documentadas o conocidas. Tampoco abarcaremos la extensión original de la avenida que, hasta 1950, año del Libertador General San Martín, llegaba hasta la Av. Dorrego. Nos dedicaremos solo a sus primeras seis cuadras.

Su inicio tuvo una fuerte impronta francesa a través del Palacio Pereda, concebido a imagen y semejanza del Museo Jacquemart-André, proyecto preliminar de Louis Martin y finalizado por Jules Dormal (actual Embajada de Brasil); la villa urbana de Carlos Ocampo, obra de Juan Antonio Buschiazzo (demolida); el hôtel particulier de los Ortiz Basualdo, iniciado por Paul Pater y concluido por Eugène Gantner (hoy Embajada de Francia); el de María Teresa Llavallol de Atucha, realizado por René Sergent y vendido en 1943 para subdividirse en departamentos; y las tres grandes casas de las hermanas Unzué, proyectos originales de Juan Antonio Buschiazzo, de las cuales sólo sobrevive la de doña “Cochonga” (actual sede del Jockey Club). A ese elegante comienzo correspondió un palaciego cierre de tinte francés: la reinterpretación del estilo Luis XIII realizada por Jacques Dunant y Charles Paquin para la familia Dose.
Sobrias líneas francesas tuvo también la propiedad de Av. Alvear 1620, construida por el arquitecto argentino Eduardo Sauze para sus padres Luis Sauze y Carmen Pereira. En esquina y sin jardín, colindaba con la casa de Luis García Lawson, que recientemente adquirió notoriedad pues estuvo a punto de ser demolida. Doña Carmen, paraguaya, contrajo culebrilla hacia 1930 y vaya a saber quién le aconsejó una cura guaraní: frotarse con ranas o sapos que luego eran secretamente liberados en el jardín vecino. “¡Invasión de ranaaaaas!”, exclamaban Rosa Balcarce de García Lawson, el personal doméstico y demás parentela mientras los Sauze simulaban desconcierto, nos admitió con picardía José Apellaniz Sauze.
Otra propiedad de espléndido flair francés fue la de Jacinto Moss y Candelaria Solís en la esquina con Ayacucho. Encargada a la exitosa dupla Dunant & Paquin, tenía celosías de Casa Jomain, herrajes de M. Fontaine y vitraux de Champigneulle. En 1902 funcionó como Legación de Alemania y luego perteneció a Jorge Santamarina y María Helena Alvear hasta que fue intencionalmente incendiada y demolida a fines de los años 50.
Pastor Obligado y Teresa Ortega encomendaron una palazzina neogótica a Paolo Besana en Av. Alvear 1531. Torres, ventanas ojivales, arcos apuntados, cerco almenado e interiores que seguían esa misma línea: “pasamos a una hermosa habitación, en la que se echa de ver inmediatamente por los escudos que la decoran, que es la casa de un noble de la más rancia nobleza española”, publicó El Hogar el 23/07/1915. Luego perteneció a los De Ridder-Perrier, que la ampliaron y modificaron.

Jules Huret describió de manera despiadada la Victorian Eclectic house de Alexander Hume en Av. Alvear 1693 en su texto La Argentina: de Buenos Aires al Gran Chaco. “Un inglés ha reunido todo cuanto el mal gusto podía reunir en un mismo sitio: cascos esculpidos, animales heráldicos, monstruos fabulosos, gárgolas góticas, frontones griegos desastrosamente decorados, encima de todas las ventanas Renacimiento”. Atribuida al Arq. Charles Ryder, hoy se la conoce como la Residencia Maguire y, junto a la de Eduardo Casey en Av. Alvear 1690 (sede del Ministerio de Cultura), da un perfecto cierre a la cuadra. Con fachadas que alternan franjas de ladrillo visto con revoque símil piedra París y pronunciadas mansardas de pizarra negra, son hoy las últimas sobrevivientes de esta memorable estirpe. Por desgracia, no corrieron la misma suerte las de Gustavo Frederking y Adela Maderna (Av. Alvear 1883, un pastiche con elementos alemanes y victorianos) y la de Joseph Drysdale y Jane Dunn (Av. Alvear 1845, un Late Victorian del Arq. Walter Bassett-Smith). Terminaron demolidas para ampliar el Hotel Alvear, que pasó a tener un pabellón estilo L’Orangerie y jardines con canchas de tenis.
La vereda par entre R. Peña y Callao exhibía encantadores jardines al frente. El escritor y vecino Ricardo Hogg develó que, “según el intendente doctor Torcuato de Alvear, fundador del barrio”, era “la más hermosa y florida de la ciudad”. Algunas casas fueron diseñadas por el arquitecto sueco Henrik Åberg y el Ing. Carl Nyströmer tenía la suya propia en Av. Alvear 1724: “se consideraba un templo de Arte. Dícese que se agrupaba la gente delante de la casa para escuchar la música que allí se ejecutaba”, describió Backmann en 1910. Años después, fue reemplazada por una fachada neohispánica, obra del Arq. Martín Noel para el matrimonio Zuberbuhler-Ortiz Basualdo. En Av. Alvear 1780, afortunadamente sigue en pie un magnífico exponente del estilo Art Nouveau del Ing. Arturo Prins para su cuñado José M. Llobet.

La casa pintoresquista del comodoro Augusto Lasserre en Alvear 1711 resaltaba entre tantos palacetes. Evocaba aquellas construcciones rurales europeas y tenía un mirador desde donde el marino contemplaba el río a falta de mar.
Poco tiempo vivieron los Durao en la villa italiana que solicitaron al Ing. Giuseppe Maraini (Av. Alvear 1831). Similar a aquellas villas veraniegas de la Riviera, a los pocos años pasó a manos de Dalmiro Martínez Barker.
Federico González Alemán y Albina Herrera edificaron en un solar obsequiado por su tía, doña Domitila González de Cazón, en Av. Alvear 1891. Según su descendiente Jacques Bedel, “a lo mejor construyeron directamente con Plou & Oliveri en 1889, sin recurrir a un arquitecto. Quizás por eso tiene un diseño tan peculiar”. Hacia 1915, fue vendida al político peruano Víctor Larco Herrera. Como uno de sus hijos nació allí, lo llamó Jorge Argentino. “El millonario que honra a su país, propietario ahora del Palacio Larco en la avenida Alvear”, publicó la revista Variedades el 05/01/1918. Fue demolida en los años 30 para dar lugar al futuro Alvear Palace Hotel.
Fin de una era
El 24 de octubre de 1929, con la caída de la Bolsa de Wall Street, aquel trágico Jueves Negro marcó el final de una época de prosperidad y sueños e inició una década de crisis, ajustes, desempleo y suicidios. Argentina no fue ajena a ello, ya que el modelo agroexportador, que durante tres décadas había sido la vaca lechera de su economía, se desplomó como un castillo de naipes arrastrando a importantes familias agrícola-ganaderas que ya no pudieron exportar a los precios a los que estaban acostumbradas.

Av. Alvear se vio íntimamente afectada. Avisos inmobiliarios empezaron a ofrecer casonas, tradicionales palacios y petits hôtels que, tras ser adquiridos por inversores inmobiliarios, eran directamente demolidos y reemplazados por una nueva tipología edilicia que ofrecía un novedoso tipo de hábitat mucho más redituable: la casa de rentas.
“Pronto será demolido uno de los más suntuosos palacios porteños”, tituló El Hogar en 1931 refiriéndose a la magnífica mansión de Teodoro de Bary. La reemplazó una copia del Château du Marais que León Dourge realizó para los hermanos Luis y Alberto Duhau. Exteriormente era un gran palacio, pero interiormente estaba subdividido en cuatro departamentos familiares. Actualmente funciona como edificio principal del Palacio Duhau Park Hyatt Hotel.
Por esos años, Alejandro Bustillo finalizó un importante edificio de rentas para Ricardo Green y María Rosa Devoto en Av. Alvear 1711/27 (hoy Casa de las Academias Nacionales). Con una clásica fachada Luis XV, tenía planta baja, cuatro grandes departamentos (uno por piso), una mansarda que albergaba al personal de servicio principalmente masculino, depósitos y bauleras. Pocos meses después, medianera de por medio hacia Callao, Oscar Schoo Lastra construyó uno para sí mismo de similares características. Aún hoy, dialogan en excelente sintonía.
Hacia 1940, la imponente residencia de Casimiro de Bruyn, erigida por Karl Nordmann en Av. Alvear 1807, fue demolida y sustituida por el Versailles Palace Hotel de la marquesa Lina Raimondi de Gambarotta. Obra de los Arqs. Héctor Bengolea Cárdenas y Héctor M. Bengolea, contaba con aire acondicionado, baño y office en cada departamento, restaurante, bar americano y boîte. En Av. Alvear 1750, el prolífico Bustillo concluyó un petit hôtel para los Duhau-Lacroze. Aunque la superficie cubierta era generosa, la escala ya no mostraba monumentalismos ni excesos. De planta baja, dos pisos y mansarda, su organización interior respondía a los nuevos funcionalismos y a tiempos más ajustados. Eso permitió que, años después, el estudio Acevedo, Becú y Moreno pudiera modificar su fachada eliminando el techo de pizarra, agregándole un piso y transformándolo en dos departamentos independientes. Cuenta la leyenda que un furioso Bustillo, armado con escalera, balde y cuchara, tapó personalmente su firma del frente.
El hotel Alvear, inaugurado en 1932, y considerado un clásico en la actualidad, resultó una mole constructiva para los estándares del momento.

Contemporáneo es el edificio del estudio Petersen, Thiele y Cruz en Alvear 1760/66. Si bien la fachada estilo neo Luis XV semejaba a un gran palacio, constaba de dos unidades por piso. Cada departamento compartía un gran hall común conectado por una importante escalera de honor.
Tal vez el más disruptivo de esa década fue el Alvear Palace Hotel en la esquina de Ayacucho. Proyectado por los Arqs. Valentín Brodsky y Estanislao Pirovano, fue inaugurado con gran repercusión el sábado 03/09/1932. Paralelamente, abrió en su subsuelo la exótica boîte África. Decorada por el Arq. Daniel Duggan, quien se inspiró en los sets cinematográficos de Hollywood, sus materiales combustibles hoy no aprobarían la menor inspección de habilitación. Con la mole del hotel terminada, la avenida sufrió por primera vez un cambio de fisonomía y escala. La importante medianera que limitaba con la casa de los Frederking creó un precedente que se repetiría años más tarde. Al demolerse el palacete de Carlos Ocampo, que fue reemplazado por un edificio Art Decó, su agresiva medianera “aplastó” para siempre a la Embajada de Brasil.
Llegada del modernismo
Los primeros signos de modernidad que irrumpieron en la severa estética de Alvear se presentaron hacia 1932 en tres edificios casi coetáneos y ubicados a pocos metros uno del otro. Primero, la vanguardista construcción del estudio Sánchez, Lagos y de la Torre en la esquina de Alvear y Parera para Pablo Cárdenas (h) y Diego G. Kavanagh. Este pequeño prototipo, que sirvió de ensayo para el icónico Edificio Kavanagh de Plaza San Martín, presentaba una disruptiva volumetría que combinaba ventanas horizontales con bow-windows. Su novedosa fachada causó gran sensación y enseguida tuvo una alta demanda de alquileres.
A continuación (1446), el de Pater & Morea marcó el comienzo de una serie de fachadas inspiradas en la obra del exitoso arquitecto francés Roux-Spitz. Y luego, también de este eficaz dúo, el de la esquina de Alvear y Libertad generó, junto con el anterior, un vasto conjunto de gran presencia y acertada escala.
En 1948, con la promulgación de la Ley 13.512, la Av. Alvear cambió su apariencia. Varias de sus casonas fueron derribadas para construir edificios.
Cambia, todo cambia
Durante los años 40, el modernismo perdió ímpetu dando lugar a fachadas neoclásicas. En 1948, con la promulgación de la Ley 13.512, la Av. Alvear cambió definitivamente su apariencia.
Ante la posibilidad de construir departamentos sin necesidad de que fueran casas de renta, los últimos petits hôtels en pie dieron paso a una serie de construcciones que conformarían una nueva estética: “Usted no podrá resistir el encanto de departamentos tan confortables y de una ubicación tan importante”, anunciaba Suffern Moine & Cademartori mientras la piqueta arrasaba con el castillo de Pastor Obligado, la casa vecina de los Blaquier, la de Adrián Penard (1850) y la de Paul Hary (1896).
Aun manteniendo una estética de cierto academicismo, estudios como Duncan y Mansilla, Guillermo A. Peña, Arturo J. Dubourg y la firma Lanusse y Cía., entre otros, comenzaron a crear durante los años 60 una nueva fisonomía edilicia que hoy predomina en casi todas sus cuadras.
En la actualidad, en la Av. Alvear conviven antiguos palacios característicos de la Belle Époque con negocios de lujo, hoteles, edificios administrativos y familias que aún desean vivir en la más aristocrática de las vías porteñas.

