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Un poema del chileno Andrés Anwandter resuena al leer a la narradora y cronista María Sonia Cristoff (Trelew, 1965): “Ser turista/ al interior/ de uno mismo/ pasar de largo”. Podría plantearse una variación en su caso, dado que el lugar literario de la escritora argentina poco tiene que ver con la idea actual de turismo o incluso de viajera, distinción borrada por el imperativo productivista. El pulso ensayístico, una disposición corporal a lo desconocido e indescubierto permea su oficio, no solo en la manera de abordar las crónicas –sobre todo las de viajes– sino también en sus piezas literarias –como las novelas– donde la sustancia supone un juego: “La primera acepción del verbo latino fingere –de donde surge el sustantivo ficción– no es “fingir” sino “forjar”, armar, articular, de donde se deriva que la ficción no reside (o al menos no reside únicamente) en la invención pura sino en la articulación de materiales que acá llamo documentos, la ficción como construcción”, se lee en la antología Gestos mínimos.

El libro comprende reflexiones alrededor de la forma, preocupaciones que desestiman una tesitura binaria y acentúan la relevancia de pensar en la hibridez, en el montaje y en la potencia del boceto, tres caracteres que no solo circunvalan su trabajo sino también el de los escritores que más aprecia, los “desestabilizantes”, como Samuel Beckett, Virginia Woolf, Roland Barthes, Héctor Libertella, entre otros. “Siempre tuve conciencia que escribir es, en gran medida, hablar con los muertos”, escribe, y así rememora con respeto y gratitud a referentes cercanos como Luis Chitarroni, Hebe Uhart, Josefina Ludmer y Sylvia Molloy, voces que están presentes en la costura viva de sus intervenciones.

Si hay algo que define a la literatura, piensa la escritora, tiene que ver con el posicionamiento, más importante que cualquier destreza. Cristoff despliega un gesto inmersivo en la mirada, curiosidad que, al decir de Mary Oliver, inspira felicidad. Tiene además la capacidad de virar a la intemperie para hacer de ese destiempo un ejercicio de elegancia. Así vibran los artículos que le dedica a los animales, y los desafíos que supone escribir viniendo del sur patagónico, un descentramiento que opera tanto en niveles lingüísticos como políticos. Con el susurro de A contrapelo de Joris-Karl Huysmans (1884), una de las grandes novelas sobre el diletantismo, Cristoff pone en movimiento una manera de pensar en el ocio hoy, cuando todo es producir experiencias, y qué supone la deriva de caminar, una práctica a veces tildada de peligrosa, pero ciertamente expansiva, tanto a nivel cerebral como emotivo. Algunos de sus ensayos tienen la forma de apuntes que van nutriéndose paso a paso, con ondulaciones que le aseguran a Gestos mínimos un ritmo magnético.

Gestos mínimos

María Sonia Cristoff

Ediciones Universidad Diego Portales

$23.000

22o pp.

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