de-francisca-rojas-a-“pepita,-la-pistolera”:-el-pabellon-11

Aunque la unidad carcelaria de nuestra ciudad no fuese catalogada como de mujeres, desde sus inicios recibía en sus paredes y rejas reclusas por hechos diversos, tales como desorden, desacatos y homicidos. Su habitante más notoria ingresaba el día 22 de agosto de 1892 acusada de dar muerte a sus dos hijos en la ciudad de Necochea. Por primera vez se aplicaba para dilucidar el caso el método creado por Juan Vucetich, nueve meses antes, el “Sistema Dactiloscópico”, adoptado luego en todo el mundo. Es de recordar, que el sabio había elegido para sus últimos días habitar la casona señorial de su suegro, el patriarca dolorense Pedro Flores, en calle Carlos Pellegrini y Leandro N. Alem.

Dentro del penal las internas eran alojadas en el Pabellón 11, el cual se encontraba ubicado al lado derecho luego de transponer el patio, en el piso superior. Por el mismo año de su habilitación en 1877 y por el mes de diciembre, le reclusa Catalina Daguerre le arrojaba a su compañera de celda, Felisa Alcántara, cebo hirviendo en todo el cuerpo produciéndole quemaduras gravísimas en parte de la cara, brazos y pechos, las cuales motivaron su urgente traslado al viejo hospital San Roque, ubicado al fin de la calle Rico. La veterana mujer fue conducida como castigo al cepo, practica habitual de escarmiento, abolida para siempre en 1881.

La agresora, de edad avanzada, estaba acusada de haber asesinado a su yerno, mientras que la victima no le iba en zaga; también debía una muerte. Con tan solo 14 años de edad había envenenado a la mujer que la crió desde niña.

La convivencia en el lugar de reclusión se tornaba difícil, puesto que a pesar de llevarse varios años de edad entre las mismas, disputaban el mismo hombre, un guardián.

Otra historia que exhumamos del pasado y que tuvo como escenario el pabellón de mujeres de la Unidad Penal 6, fue la que protagonizaron una reclusa y su fiel cancerbero. Todo un amor entre rejas.

Ella, Emilia A., presa por adulterio, 17 años, analfabeta, casada, argentina, mientras que él era español, de nombre Manuel, 24 años de edad, soltero y segundo alcalde de la cárcel. La mujer le mandaba tiernas esquelas que él contestaba en forma apasionada. “Tus ojos son dos luceros, tus labios son de coral, tus dientes son perlas finas, sacadas del hondo mar”. Los encuentros se fueron produciendo hasta llegar a las relaciones sexuales, las que le valieron al funcionario una carátula judicial como “abuso de autoridad”. La mujer al salir en libertad, luego de concretada su condena se notificaba de la misma con una corta rúbrica en 1887.

Estadísticamente el lugar siempre recibió no más de diez reclusas, aunque por periodos cortos alojaba numerosas mujeres de vida fácil dedicadas a la prostitucion. La rutina de las mismas comenzaba a las siete de la mañana, con tareas de limpieza que ellas mismas realizaban al igual que la comida. Al cuidado de las reclusas se encontraban asignadas dos personas. El pabellón se componía de dos celdas, un comedor diario, cocina y baño

Alicia una empleada que paso por el lugar como celadora, nos refirió que la vestimenta que usaban se componía de zapatos, medias grises gruesas, que el uniforme era gris y en verano usaban delantales

. Por los años 40 paso también por el lugar otra habitante particular Corina T. quien había envenenado a un hombre con una sustancia, que había colocado en el vino que éste habitualmente tomaba en su modesta vivienda de calle Solís de nuestra ciudad. A raíz de ello fue condenada a cumplir la pena en una unidad carcelaria con asiento en La Plata, lugar donde contrajo matrimonio, posibilitando de esta manera su regreso a la ciudad como interna. El hombre que haba unido su vida a la de la singular Corina, al poco tiempo asesino a un vecino y fue a parar también al penal.

En cada reclusa una triste historia de vida. La de Juana A. presa en el lugar por haber matado a su hombre, repitiendo a quien quisiera oírla y a cada instante, que “le daba mala vida”; aquella de Irma M. quien en un rapto de locura había arrojado sus dos hijos al mar y la de Violeta R. por homicidio en la persona de un empleado de la tienda marplatense “Los Gallegos”.

Una de las últimas y en el marco del denominado Caso Cabezas, fue la llamada “Pepita la pistolera”, cual estuvo alojada por algún tiempo. Por la exposición pública del caso fue una de las reclusas más notorias. Poco tiempo después el Servicio Penitenciario creyó conveniente desafectar el lugar, derivando a las pocas reclusas hacia otros destinos, convirtiendo el lugar em un espacio para recibir visitas, las denominadas higiénicas.

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