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Foto: Prensa.

Pocos artistas en la actualidad han logrado combinar en un estilo propio las raíces latinas con la tradición sonora del jazz neoyorquino como el pianista venezolano Benito González, y los amantes argentinos del género tendrán la posibilidad de comprobarlo en vivo este viernes 12 y sábado 13, cuando en dobles funciones previstas para las 20 y las 22.45 se presente en Bebop Club en el marco del 2do. festival Summertime, que se celebra a lo largo de todo el mes en el reducto del barrio porteño de Palermo.

El músico, que fue moldeando una impronta personal a lo largo de 20 años de acompañar a grandes figuras del jazz como Jackie McLean, Kenny Garret y Pharoah Sanders -de quien además fue director musical en sus últimos cinco años de vida-, estará acompañado en esta oportunidad por un plantel local conformado por Mariano y Sebastián Loiácono, en trompeta y saxo tenor, respectivamente; el contrabajista Jerónimo Carmona y el baterista Juan Chiavasa.

“Estoy muy contento de regresar a la Argentina. Me gusta mucho el público argentino para el jazz. Conocí a Mariano hace como cinco años y me encantó su forma de tocar. Siempre estuvimos pendientes de hacer algunas cosas, hemos estado tratando de organizar algo hasta que se dio esto. Con Juan Chiavasa también nos conocemos bastante porque vive en Nueva York y hemos compartido escenario en muchas ocasiones. Y a Jerónimo Carmona no lo conozco pero me han anticipado que es un tremendo contrabajista”, dijo Gónzalez a Télam, en una charla telefónica desde Punta del Este, su parada previa antes de su llegada a Buenos Aires.

Y amplió: “Vamos a hacer el show que he estado haciendo en el último año combinando temas originales míos con temas del repertorio de McCoy Tyner, que son parte de un disco homenaje a él que grabé en 2018. Ya le mandé todo a los músicos y ellos lo están preparando”.

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Benito González será uno de los platos fuertes en el 2° festival Summertime que organiza Bebop, debido a que se trata nada menos de uno de los grandes referentes actuales del jazz latino en Nueva York, la gran meca del género, en donde reside desde hace unos 20 años.

Nacido en Maracaibo, González se volcó al piano desde niño cuando quedó embelesado por Chick Corea, al que escuchó de manera fortuita en la radio. Años más tarde amplió su fascinación por el género y por el instrumento cuando se volvió un gran fan de McCoy Tyner. La necesidad de tomar contacto de primera mano con la escena jazzera lo llevó a Nueva York, en donde se radicó y forjó una carrera en la que aparecen grandes nombres del género.

Poco antes de sus shows en Argentina, el pianista mantuvo una conversación con esta agencia en la que resaltó las virtudes del público argentino y reflexionó en torno a su estilo musical, entre otras cosas.

– Deslizaste que te gusta mucho el público argentino para el jazz. ¿Qué cosas has encontrado en él en tu anterior visita?
-Considero que son muy apasionados de la música, son muy energéticos, están muy pendientes y gritan entre los solos. Esa es una de las cosas que me gustan, que escuchan al detalle todo lo que esta pasando y, si el grupo tiene buena comanda, gritan. No hay mucho público así alrededor del mundo; los puedo contar con los dedos de mi mano derecha. El público argentino tiene buena cultura y a mí me encanta tocar en escenarios así.

– ¿Cómo incide eso en lo que pasa arriba del escenario? ¿Lo que se graba en el estudio adquiere un significado distinto allí?
– Cien por ciento. Realmente esta música que hacemos tiene bastante que ver con la reacción del público. Aunque un músico cuando tiene alto nivel toca del mismo modo para una persona como para mil, cuando el público está comprometido con la música, se mete dentro de ella y grita y aplaude, ayuda mucho a que el concierto tenga resultados positivos, porque nosotros en el jazz dependemos mucho del sentido de la emoción para desarrollar esos temas. Entonces, cuando el público nos da emoción es como si fuera parte de la música, como si fuéramos uno. Para nosotros, tener una buena audiencia es como el agua, que nos nutre.

– Vas a tocar en quinteto, como te venís presentando en los últimos tiempos, pero también has actuado mucho en trío. ¿Cómo se desarrolla tu música en cada caso?
– Fijate que para este show voy a hacer las dos cosas. Hay una parte que voy a hacer en trío y otra en la que se sumarán los vientos. Me encantan los dos formatos. Me encanta tocar en trío porque hay mucha elasticidad, mucha libertad, especialmente si tienes músicos que conocen bien tu forma de tocar. Se pueden hacer diferentes cosas, hay mucha libertad para desarrollar el show. Cuando es cuarteto o quinteto, también me gusta mucho porque está la magia de los arreglos; hay dos voces que no son las mismas y los arreglos suenan con mucho carácter. Me encanta especialmente cuando toco la música de McCoy, que tiene distintas voces y melodías bien bonitas.

– Tu música tiene una impronta rítmica muy importante. ¿Sos especialmente exigente con los bateristas?
– Yo toqué percusión y batería antes que piano. No era profesional porque era niño pero la batería fue uno de mis primeros instrumentos. La batería en mi música es muy importante porque tengo ciertos estándares en los sonidos que me caracterizan como artista. Por eso, hay unos requerimientos importantes que siempre busco en los bateristas que tocan conmigo. No es que busco que toquen similar pero de por sí tienen que tener cosas similares en ciertos aspectos que yo busco obtener en mi música; son sonidos que me definen como artista.

“No hay mucho público así alrededor del mundo; los puedo contar con los dedos de mi mano derecha. El público argentino tiene buena cultura y a mí me encanta tocar en escenarios así”

– Los músicos más importantes con los que trabajaste tocaban instrumentos de viento. ¿Cómo te configuró eso como pianista?
– Cuando empecé a viajar internacionalmente con artistas tenía diferentes influencias y, en mi preparación, aprendí lo básico, lo fundamental, y también estilos. Por ejemplo, con Jackie McLean estaba requerido a tocar de una manera más vanguardista que el bebop de Charlie Parker; más hard bop, digamos. Años después, con Kenny Garret el sonido era más vanguardista aún. Con Pharoah Sanders tenía más libertad porque era música más free; no free jazz porque tocábamos con forma, pero tenía ese estilo de libertad como el de Coltrane, porque él había trabajado mucho con él. Esos conceptos hicieron que yo tocara de cierta forma y así fui forjando mi estilo. Me encontré a mí mismo dentro de ese viaje con ellos, de ese viaje de vida.

– ¿Creés que hubiera sido posible encontrar ese estilo si no hubieras desarrollado tu carrera en EE.UU.?
– Cualquier músico que quiere aprender a tocar esta música que es afroamericana tiene que mudarse a Estados Unidos, así vengas de África o de Sudamérica, por eso hay tantos artistas extranjeros en Nueva York. Es como cuando aprendes un idioma, que puedes estudiarlo pero vas a tener el acento de tu país. Para hablarlo bien, tienes que ir a ese país y hablar con la gente del lugar. Con la música pasa lo mismo. Para tocarla en un nivel aceptable, hay que estar ahí y tocar con los músicos que lo hacen bien. Si me hubiera quedado en Venezuela, hubiera sido bueno pero tocando música venezolana, no jazz.

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– ¿Quedan vestigios de la música venezolana en tu estilo o se borraron con los años?
– No, esas cosas no se borran, están con uno independientemente de las influencias que uno pueda tener. La influencia de donde tú eres se va contigo hasta el final. Es lo fundamental porque vas creando tu estilo propio de la mezcla de influencias. De repente, todo eso se convierte en una sola cosa con el paso de los años.

– De todos los grandes músicos con los que tocaste, ¿a cuál rescatarías?
– No sé, es difícil esa pregunta (risas). Diría que Pharoah Sanders porque solamente pude tocar con él en sus últimos cinco años y había mucho más que queríamos hacer con él.


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